Cuando jugaba con la plastilina tenía el poder que, intuyo, un director de cine puede sentir haciendo falso pero real todo aquello que está dentro de su cabeza. Ordenaba mis entidades coloreadas caprichosamente sin que nada ni nadie pudiese decirme nada. Al hacerlo, parte de ellas se impregnaban en mis dedos, que grasientos iban tornándose del color de las bolas mientras las daba forma. Me encantaba ser un Dios implicado con sus siervos.
Luego, podía aplastar a los muñecos de mil formas distintas. Me gusta sentir como las yemas de mis dedos absorbían la grasa de los cuerpos que estaba destruyendo al convertirlos en puré existencial cuando empujaba mi mano contra la mesa. Además, sus cadáveres se pegaban contra la pared. ¡Guay!
Cuando la luz reflejaba sobre la mesa, el campo de batalla había quedado marcado, y se notaba la huella grasienta de la masacre. Le puse el nombre de mil metáforas a este fenómeno, como la ñoña mancha de grasa de los remordimientos de mi corazón.
La plastilina se quema, se congela, sirve hasta para hacer contabilidad y en pequeñas cantidades se puede ingerir y deja buen sabor. Supongo que por todo ello al final acabé cogiéndole cariño, y no pude volver a ser capaz de canalizar mi ira a través de ella. Derrotado, el color empezó a significar inocencia y la plasticidad me hizo sentir algo parecido a protección.
El psicólogo ha pasado a darme folios en blanco con un estuche de 16 plastidecor. Lo primero que he hecho ha sido gastar totalmente el color negro. Al final he encontrado la simetría, los colores, la belleza y hasta el diseño fractal... Está desconcertado. Según él, he vuelto a hacer lo mismo otra vez. Ya pasó con el piano, el punto y el origami. Dice que aún no sabe que pasará cuando sea mayor. Yo, no es que me esté cansando, pero creo que voy a dejar de soñar con él.
domingo 1 de noviembre de 2009
domingo 2 de agosto de 2009
Temperamento
Estábamos a la moda.
No sabemos si se nos reventó un hijo de puta o nos cayó un meteorito encima, pero el caso es que nuestro Airbus de Air France, que hacía la ruta entre los señores Charles De Gaulle y John F. Kennedy, se partió en dos cuando viajaba sobre Las Azores.
Nosotros estábamos sentados en la última fila y cuando nos dimos cuenta el avión se había partido en dos, por detrás de las alas. La cabina y gran parte de los pasajeros siguieron planeando durante un buen rato pero nosotros no, nosotros caímos en picado.
Fue impresionante sentir como el avión caía hacia el mar, como si fuese un vaso que caía inmutable boca abajo. El mar se acercaba a nosotros y el viento parecía que iba a reventarnos contra el asiento. La gente gritaba pero el sonido se quedaba atrás como si no pesase y la gravedad de La Tierra no lo atrajese. Eso no nos iba a matar pero lo parecía. Se nota que no monté en muchas montañas rusas.
Cuando el avión impactó contra el agua fue todo fugaz.
Aguantamos la respiración bajo las mascarillas de gas y nos preparamos para morir. Pero no lo hicimos. Rebotamos contra la arena, el cinturón nos laceró la piel del pecho, y el agua nos salpicó pero no más. Y no sé como se me ocurrió, pero en ese instante te desabroché y saltamos por el pasillo de aquel cucurucho invertido semi-sumergido, buceamos hasta el fondo, y luego emergimos.
Llegamos a nado hasta un ridículo islote de piedra que apenas tenía más que una puta luz que advertía a los barcos de su presencia. Nuestra querida burbuja a la deriva terminó por hundirse y, para nuestra posterior desgracia, ni un solo cuerpo salió a la superficie. Eso sí, todo un cargamento de botellas de agua fue emergiendo lentamente.
En el cielo se proyectaba un rastro de humo que caía hacia el agua/horizonte. Bastante lejos.
Durante los siguientes días no pararon de pasar aviones y barcos de toda clase. Pero ninguno se paró ni a revistar nuestro puto islote. Al parecer, como las lagartijas, los aviones son capaces de seguir volando durante cientos de kilómetros sin parte de su culo.
El primer día, al ver tan magno despliegue de medios, estábamos seguros de que alguien daría con nosotros. Al segundo empezamos a pensar desesperados en alguna solución. El maldito centenar de botellas de agua nos asegurarían agua durante semanas, pero la dichosa manía de embotellar el agua en 200 ml hacía imposible que nadie las viese desde el aire. Pensamos en hacer un mosaico con ellas, pero necesitabamos nuestra ropa para la noche, tu pelo era demasiado corto, y el semen a la hora de verdad no pega bien. Lo que logramos con mis zapatos y nuestros pantalones no sirvió de nada. No pasamos de hacer ridículas sombras chinescas a la puta bombilla y luego tratar de anular su efecto por completo, pero nadie se percató sobre el peligrosísimo peñasco que ahora estaba ciego. Como todo el mundo tiene GPS y mapas informatizados es posible que ahora nos esquivasen todavía más.
Al principio intenté mantener la calma, y abrazarte me servía, pero el sol nos quemó la piel y no nos tocábamos más que para no helarnos por la noche, y siempre con postura de zombies petrificados.
Así siguieron pasando los días. Al menos nunca llegamos a discutir y a pesar del hambre no intentamos ni destruirnos psíquicamente. Ahí fuimos listos. Teníamos agua embotellada, agua salada, una bombilla gigante, plástico indigerible, algunas lapas y algunas algas. Cuando nos quedamos sin estos últimos destruimos el ecosistema del Puto Peñón de la Muerte.
Ayer ambos estuvimos muertos durante algunos minutos un par de veces. Esa fue la señal. Había que hacer algo ya.
Siempre decías que era muy poco temperamental. Creo que por eso eres tú y no yo quién está haciendo esto. Por lo menos que sea rápido. No has tenido fuerzas para ahogarme y vas a intentar romperme los sesos a pedradas. Hazlo ya y aprovecha de mi todo lo que puedas antes de que lo destruya el mar y la puta obsesión de las autoridades aeropuertarias por ceñirse a las transmisiones radiofónicas de los últimos minutos en vuelo de la aeronave.
No sabemos si se nos reventó un hijo de puta o nos cayó un meteorito encima, pero el caso es que nuestro Airbus de Air France, que hacía la ruta entre los señores Charles De Gaulle y John F. Kennedy, se partió en dos cuando viajaba sobre Las Azores.
Nosotros estábamos sentados en la última fila y cuando nos dimos cuenta el avión se había partido en dos, por detrás de las alas. La cabina y gran parte de los pasajeros siguieron planeando durante un buen rato pero nosotros no, nosotros caímos en picado.
Fue impresionante sentir como el avión caía hacia el mar, como si fuese un vaso que caía inmutable boca abajo. El mar se acercaba a nosotros y el viento parecía que iba a reventarnos contra el asiento. La gente gritaba pero el sonido se quedaba atrás como si no pesase y la gravedad de La Tierra no lo atrajese. Eso no nos iba a matar pero lo parecía. Se nota que no monté en muchas montañas rusas.
Cuando el avión impactó contra el agua fue todo fugaz.
Aguantamos la respiración bajo las mascarillas de gas y nos preparamos para morir. Pero no lo hicimos. Rebotamos contra la arena, el cinturón nos laceró la piel del pecho, y el agua nos salpicó pero no más. Y no sé como se me ocurrió, pero en ese instante te desabroché y saltamos por el pasillo de aquel cucurucho invertido semi-sumergido, buceamos hasta el fondo, y luego emergimos.
Llegamos a nado hasta un ridículo islote de piedra que apenas tenía más que una puta luz que advertía a los barcos de su presencia. Nuestra querida burbuja a la deriva terminó por hundirse y, para nuestra posterior desgracia, ni un solo cuerpo salió a la superficie. Eso sí, todo un cargamento de botellas de agua fue emergiendo lentamente.
En el cielo se proyectaba un rastro de humo que caía hacia el agua/horizonte. Bastante lejos.
Durante los siguientes días no pararon de pasar aviones y barcos de toda clase. Pero ninguno se paró ni a revistar nuestro puto islote. Al parecer, como las lagartijas, los aviones son capaces de seguir volando durante cientos de kilómetros sin parte de su culo.
El primer día, al ver tan magno despliegue de medios, estábamos seguros de que alguien daría con nosotros. Al segundo empezamos a pensar desesperados en alguna solución. El maldito centenar de botellas de agua nos asegurarían agua durante semanas, pero la dichosa manía de embotellar el agua en 200 ml hacía imposible que nadie las viese desde el aire. Pensamos en hacer un mosaico con ellas, pero necesitabamos nuestra ropa para la noche, tu pelo era demasiado corto, y el semen a la hora de verdad no pega bien. Lo que logramos con mis zapatos y nuestros pantalones no sirvió de nada. No pasamos de hacer ridículas sombras chinescas a la puta bombilla y luego tratar de anular su efecto por completo, pero nadie se percató sobre el peligrosísimo peñasco que ahora estaba ciego. Como todo el mundo tiene GPS y mapas informatizados es posible que ahora nos esquivasen todavía más.
Al principio intenté mantener la calma, y abrazarte me servía, pero el sol nos quemó la piel y no nos tocábamos más que para no helarnos por la noche, y siempre con postura de zombies petrificados.
Así siguieron pasando los días. Al menos nunca llegamos a discutir y a pesar del hambre no intentamos ni destruirnos psíquicamente. Ahí fuimos listos. Teníamos agua embotellada, agua salada, una bombilla gigante, plástico indigerible, algunas lapas y algunas algas. Cuando nos quedamos sin estos últimos destruimos el ecosistema del Puto Peñón de la Muerte.
Ayer ambos estuvimos muertos durante algunos minutos un par de veces. Esa fue la señal. Había que hacer algo ya.
Siempre decías que era muy poco temperamental. Creo que por eso eres tú y no yo quién está haciendo esto. Por lo menos que sea rápido. No has tenido fuerzas para ahogarme y vas a intentar romperme los sesos a pedradas. Hazlo ya y aprovecha de mi todo lo que puedas antes de que lo destruya el mar y la puta obsesión de las autoridades aeropuertarias por ceñirse a las transmisiones radiofónicas de los últimos minutos en vuelo de la aeronave.
miércoles 8 de julio de 2009
Principio de las cosas inútiles
-Estás cansada, estás cansada, estás cansada...
Miraba a mi princesa tambaleándose sobre el asiento mientras intentaba capturar todas las luces que se veían a través de la ventanilla, y estaba ansioso por que cediese al sueño y acabase recostándose sobre mi hombro. Yo la susurraba como Guido (*Roberto Benigni en "La vida es bella") haciendo torpes y disimulados gestos con los dedos de ambas manos. El poder de la voluntad acabó por funcionar. Victoria, satisfacción. Extrema alegría.
El autobús pasaba sobre un largo puente que atravesaba el foso: aquel río seco y mustio que sitiaba toda la ciudad. Al otro lado dominaba la oscuridad: los coches y las casas se olvidaban que existía un mundo ahí fuera. Estábamos abandonado una de esas ciudades que acaban ahogándote, cansándote y chupándote toda la esperanza, osea, cualquier ciudad. Yo solo pensaba en que ningún bache llegase a despertarte.
Era tan sencillo tener cada uno un bolso colgando de nuestro hombro y poco más... Claro que no somos estúpidos hipócritas y sabíamos que vendrían pronto furgonetas y camiones llenos de gadgets y cosas inútiles que no abandonariamos por nada del mundo. Cualquier cosa útil se había quedado atrás.
Me acordé de sesiones musicales, discusiones de cine y planes sumamente retorcidos que no llegaban a producirse nunca: pensaba si sería capaz de hacerme a la idea de verme girando la cabeza e inclinando mi cuerpo para intentar besarte. Tan bizarro como surrealista.
Al final todo lo que nos queda es un respeto a un no se qué preestablecido al que no nos enfrentamos nunca por miedo. Ya te vi enfadada una vez y por eso ando toda la vida huyendo de ello. No creo que tenga que justificarme ante tan terrible situación.
2 TB de memoria a deglutir durante un tiempo y en seguida te veré en el callejón al que dé 'nuestro' nuevo apartamento, con un otro 'él' cogido del brazo, correteando de un lado a otro de la calle y riendo sin parar.
Separaste la cabeza de mi hombro, entreabriste los ojos y me miraste.
-Creo que madurar es aceptar que todo es una mierda, que no hay esperanza, y que no podemos hacer nada para cambiarlo, y por tanto, dejar de pelear y aceptarlo.
Y tú me miraste como si te hubiese dado un consejo axiomático y trascendental.
¡Oh, mierda!
Miraba a mi princesa tambaleándose sobre el asiento mientras intentaba capturar todas las luces que se veían a través de la ventanilla, y estaba ansioso por que cediese al sueño y acabase recostándose sobre mi hombro. Yo la susurraba como Guido (*Roberto Benigni en "La vida es bella") haciendo torpes y disimulados gestos con los dedos de ambas manos. El poder de la voluntad acabó por funcionar. Victoria, satisfacción. Extrema alegría.
El autobús pasaba sobre un largo puente que atravesaba el foso: aquel río seco y mustio que sitiaba toda la ciudad. Al otro lado dominaba la oscuridad: los coches y las casas se olvidaban que existía un mundo ahí fuera. Estábamos abandonado una de esas ciudades que acaban ahogándote, cansándote y chupándote toda la esperanza, osea, cualquier ciudad. Yo solo pensaba en que ningún bache llegase a despertarte.
Era tan sencillo tener cada uno un bolso colgando de nuestro hombro y poco más... Claro que no somos estúpidos hipócritas y sabíamos que vendrían pronto furgonetas y camiones llenos de gadgets y cosas inútiles que no abandonariamos por nada del mundo. Cualquier cosa útil se había quedado atrás.
Me acordé de sesiones musicales, discusiones de cine y planes sumamente retorcidos que no llegaban a producirse nunca: pensaba si sería capaz de hacerme a la idea de verme girando la cabeza e inclinando mi cuerpo para intentar besarte. Tan bizarro como surrealista.
Al final todo lo que nos queda es un respeto a un no se qué preestablecido al que no nos enfrentamos nunca por miedo. Ya te vi enfadada una vez y por eso ando toda la vida huyendo de ello. No creo que tenga que justificarme ante tan terrible situación.
2 TB de memoria a deglutir durante un tiempo y en seguida te veré en el callejón al que dé 'nuestro' nuevo apartamento, con un otro 'él' cogido del brazo, correteando de un lado a otro de la calle y riendo sin parar.
Separaste la cabeza de mi hombro, entreabriste los ojos y me miraste.
-Creo que madurar es aceptar que todo es una mierda, que no hay esperanza, y que no podemos hacer nada para cambiarlo, y por tanto, dejar de pelear y aceptarlo.
Y tú me miraste como si te hubiese dado un consejo axiomático y trascendental.
¡Oh, mierda!
Movimientos
Bosques en mi mente
miércoles 24 de junio de 2009
En el starbucks
Como te había dicho que a veces me disperso ahí sentado, me habías dejado llevarme el portátil conmigo para poder jugar un poco. Así pues, tú estabas sentada con tu Frapuccino sobre tu rodilla, y a mi me habías cedido el sillón para que me encorbase contra el teclado y la pantalla para perder la vista en ellos.
A ti todo eso te gustaba: el frío sobre tu rodilla, lamer la nata del borde, observar como se tambaleaba la tapa descubierta y puesta boca abajo sobre la mesa, y sobre todo como perdía la conciencia centrado en la actividad con mi ordenador. Mi pelo se revolvía caóticamente cuando golpeaba el teclado, y te reías.
Y lo sé porque me enteraba mientras jugaba. Lo sé porque a eso jugaba.
Vale que tantas pulsaciones por minuto dejaban claro que no jugaba a ningún juego clásico de ordenador, pero seguro que no te imaginabas la forma de enfrentarme contra ti que llevaba a cabo tras mi escudo plegable. La tapa, al tiempo que me mostraba la pantalla, ayudaba a contener la esquizofrenia con la que mis dedos bailaban sobre el teclado.
Nunca te diste cuenta de la cara desfigurada de un Igor maléfico, y algo crecidito de ego u orgullo, que experimentaba con tus entrañas sobre la mesa de al lado. No eran gore mis intenciones de jugar con tus tripas, eran solamente el deseo de hacerte cosquillas hasta por debajo de la piel. Tú, chisposa, hacías que tus intestinos me atrapasen la mano y me engullesen como las tópicas plantas carnívoras amazónicas. Demasiados 80s y demasiado poco sexo convertían en eso mis pensamientos.
Peor, otras veces te ataba las extremidades a la silla y te desnudaba en aquel establecimiento abandonado. (Hasta en mis sueños más bizarros soy un envidioso de mierda, ¡todos los que entraban por la puerta se quedaban sin ojos debido al ácido acondicionado que caía del techo!). Si querías un buen frapuccino tendrías que contornearte, primero esquivando los hielos frios que bajan por tu pecho, y luego lamiéndote los restos de café que convertían en pegajosos tus muslos. A mi me gustaba saltar sobre ti y follarte como sea que el velcro se folla al velcro, o como Winnie The Pooh se masturba con un cántaro de miel. La Enfermiza Abeja Maya zombie que viola a su mujer-glucosa cada vez que esta iba ilusamente a por un granizado de café. La miel nublaba mi visión.... Bueno, admito que para estar basada en una rocambolesca idealización zoofilico-picto-lésbica todas las barbaries que te hacía eran realmente muy falocentristas. Mi imaginación acababa siendo mucha eyaculación y poco lo demás. Cuando dejabas los bordes de tu vaso libres de nata tras cada sorbo, las teclas se me desbordaban del teclado y tenía que culminar cada retazo de fantasía como podía. Tus frecuentes sorbidos me provocaba demasiados interruptus.
Cuando me mostraba cansado y me acariciaba los ojitos (en realidad, las ojeras), te reías de ternura porque hoy he trabajo mucho... Ya verás, ya.
A ti todo eso te gustaba: el frío sobre tu rodilla, lamer la nata del borde, observar como se tambaleaba la tapa descubierta y puesta boca abajo sobre la mesa, y sobre todo como perdía la conciencia centrado en la actividad con mi ordenador. Mi pelo se revolvía caóticamente cuando golpeaba el teclado, y te reías.
Y lo sé porque me enteraba mientras jugaba. Lo sé porque a eso jugaba.
Vale que tantas pulsaciones por minuto dejaban claro que no jugaba a ningún juego clásico de ordenador, pero seguro que no te imaginabas la forma de enfrentarme contra ti que llevaba a cabo tras mi escudo plegable. La tapa, al tiempo que me mostraba la pantalla, ayudaba a contener la esquizofrenia con la que mis dedos bailaban sobre el teclado.
Nunca te diste cuenta de la cara desfigurada de un Igor maléfico, y algo crecidito de ego u orgullo, que experimentaba con tus entrañas sobre la mesa de al lado. No eran gore mis intenciones de jugar con tus tripas, eran solamente el deseo de hacerte cosquillas hasta por debajo de la piel. Tú, chisposa, hacías que tus intestinos me atrapasen la mano y me engullesen como las tópicas plantas carnívoras amazónicas. Demasiados 80s y demasiado poco sexo convertían en eso mis pensamientos.
Peor, otras veces te ataba las extremidades a la silla y te desnudaba en aquel establecimiento abandonado. (Hasta en mis sueños más bizarros soy un envidioso de mierda, ¡todos los que entraban por la puerta se quedaban sin ojos debido al ácido acondicionado que caía del techo!). Si querías un buen frapuccino tendrías que contornearte, primero esquivando los hielos frios que bajan por tu pecho, y luego lamiéndote los restos de café que convertían en pegajosos tus muslos. A mi me gustaba saltar sobre ti y follarte como sea que el velcro se folla al velcro, o como Winnie The Pooh se masturba con un cántaro de miel. La Enfermiza Abeja Maya zombie que viola a su mujer-glucosa cada vez que esta iba ilusamente a por un granizado de café. La miel nublaba mi visión.... Bueno, admito que para estar basada en una rocambolesca idealización zoofilico-picto-lésbica todas las barbaries que te hacía eran realmente muy falocentristas. Mi imaginación acababa siendo mucha eyaculación y poco lo demás. Cuando dejabas los bordes de tu vaso libres de nata tras cada sorbo, las teclas se me desbordaban del teclado y tenía que culminar cada retazo de fantasía como podía. Tus frecuentes sorbidos me provocaba demasiados interruptus.
Cuando me mostraba cansado y me acariciaba los ojitos (en realidad, las ojeras), te reías de ternura porque hoy he trabajo mucho... Ya verás, ya.
Movimientos
Riceboy Sleeps
martes 16 de junio de 2009
Ascensores
Gracias por dejar que te acompañase y gracias simplemente por haber venido luego hasta aquí. Prometo que te lo pasarás muy bien. Subamos en el ascensor.
He pensado muchas veces en la gran cantidad de películas pendientes que tenemos y en todas las cosas que quiero enseñarte. Pero nada más entrar en el ascensor se ha ido todo a la mierda. Trataría de describirte mis nervios una vez más, pero nunca he logradolo hacer de forma satisfactoria así que dejaré ese pueril y patético intento para otra ocasión. Ahora simplemente te comunicaré el sustantivo: nervios.
En el fondo carece de sentido que te presente con esta formalidad mi estado sin más: obviamente hay algo detrás, y para ponerlo en el contexto adecuado, voy a detener el ascensor. No te alarmes. También es mi primera vez.
Sé que hemos pasado muchas cosas juntos todos estos años, pero creo que hay muchas más que NO hemos pasado juntos y creo que empieza a ser el momento de conquistar ciertos territorios. No te preocupes, empezaré por los pies.
....
¿Sabes? Muchas veces me veía a mi mismo tropezándome con tus tetas al mirarte y entonces se me tropezaban las palabras en la boca. Es un poco vulgar, pero seguramente en esos instantes tú me creyeses un poco tonto, lo cual me parece bastante peor que lo mio: No voy a tratar de describir lo que tus senos evocan en mi y por qué ese sentimiento es distinto al de cualquier otro hombre que pueda desearte, porque también lo he intentado muchas veces con idéntico resultado al ya descrito sobre mis sentimientos. En fin. No te asustes que no te voy a morder.
Luego están todas esas veces que decías esas palabras: "foie gras", "principito", "física", "fácil"... todas esas efes e íes que me extasiaban de una manera incontrolable. Cuando se juntaban en un mismo fonema tenía miedo de no poder contener mi existencia dentro de mi cuerpo, o de no poder evitar lanzar babas hacia tus labios: te dejo a ti la elección entre el lirismo o lo explícito. Ya sabes lo referente a extender estas sensaciones y conceptos, así que me lo salto. No te ofendas, que ahora voy a morder pero no a masticar.
Y en todo este tiempo no he parado de pensar en aquella llamada. Juro que tenía la intención de meterte la lengua dentro ese día, pero él tuvo de llamarte y separarte de mi. Se supone que iba a estar ocupadísimo estudiando, pero espabiló y te llamó a tiempo. A tiempo para vosotros dos, claro, yo nunca me he vuelto a sentir tan fuera de tiempo como en aquella situación. Y luego, en fin, mi amabilidad se convirtió en una fútil arma incapaz de llevarme hasta ti y tú misma cada vez venías menos a mi. Así que tras mucho buscarte te he atrapado y has accedido a venir hasta aquí. Sigues confiando en mi, y te lo agradezco. Temía no saber usar esto fuera de este diminuto lugar. Ssh. No te pongas nerviosa, no voy a rajarte. Traga.
...
Entonces mordiste tú. Siempre me encantó tu carácter.
He pensado muchas veces en la gran cantidad de películas pendientes que tenemos y en todas las cosas que quiero enseñarte. Pero nada más entrar en el ascensor se ha ido todo a la mierda. Trataría de describirte mis nervios una vez más, pero nunca he logradolo hacer de forma satisfactoria así que dejaré ese pueril y patético intento para otra ocasión. Ahora simplemente te comunicaré el sustantivo: nervios.
En el fondo carece de sentido que te presente con esta formalidad mi estado sin más: obviamente hay algo detrás, y para ponerlo en el contexto adecuado, voy a detener el ascensor. No te alarmes. También es mi primera vez.
Sé que hemos pasado muchas cosas juntos todos estos años, pero creo que hay muchas más que NO hemos pasado juntos y creo que empieza a ser el momento de conquistar ciertos territorios. No te preocupes, empezaré por los pies.
....
¿Sabes? Muchas veces me veía a mi mismo tropezándome con tus tetas al mirarte y entonces se me tropezaban las palabras en la boca. Es un poco vulgar, pero seguramente en esos instantes tú me creyeses un poco tonto, lo cual me parece bastante peor que lo mio: No voy a tratar de describir lo que tus senos evocan en mi y por qué ese sentimiento es distinto al de cualquier otro hombre que pueda desearte, porque también lo he intentado muchas veces con idéntico resultado al ya descrito sobre mis sentimientos. En fin. No te asustes que no te voy a morder.
Luego están todas esas veces que decías esas palabras: "foie gras", "principito", "física", "fácil"... todas esas efes e íes que me extasiaban de una manera incontrolable. Cuando se juntaban en un mismo fonema tenía miedo de no poder contener mi existencia dentro de mi cuerpo, o de no poder evitar lanzar babas hacia tus labios: te dejo a ti la elección entre el lirismo o lo explícito. Ya sabes lo referente a extender estas sensaciones y conceptos, así que me lo salto. No te ofendas, que ahora voy a morder pero no a masticar.
Y en todo este tiempo no he parado de pensar en aquella llamada. Juro que tenía la intención de meterte la lengua dentro ese día, pero él tuvo de llamarte y separarte de mi. Se supone que iba a estar ocupadísimo estudiando, pero espabiló y te llamó a tiempo. A tiempo para vosotros dos, claro, yo nunca me he vuelto a sentir tan fuera de tiempo como en aquella situación. Y luego, en fin, mi amabilidad se convirtió en una fútil arma incapaz de llevarme hasta ti y tú misma cada vez venías menos a mi. Así que tras mucho buscarte te he atrapado y has accedido a venir hasta aquí. Sigues confiando en mi, y te lo agradezco. Temía no saber usar esto fuera de este diminuto lugar. Ssh. No te pongas nerviosa, no voy a rajarte. Traga.
...
Entonces mordiste tú. Siempre me encantó tu carácter.
Movimientos
Aphex Twin - afx237 v7,
Grabba Grabba Tape
domingo 24 de mayo de 2009
Superhéroe
Superrencor, lo admito. Me resultó tremenda y tópicamente fácil derribar aquella pared para encontrarte atada a aquella tubería mientras ese malo malísimo de pacotilla te apuntaba con su armatoste (lo siento por su dignidad, pero su falta de originalidad logra que no sólo no recuerde su nombre si no tampoco su aspecto). Mis reflejos estándar no funcionaron: esta vez suspiré: ¡otra vez tú!
Recuerdo que aquel individuo profirió una retahíla victoriosa sobre su brillante idea (claro, ingeniosísima para él) de capturarte como si fueses mi punto débil, mi Furcia Lane. Y claro que otrora habríamuerto sido herido por tus huesos, pero ahora ya estaba un poco cansado de tanto groupismo. La mayoría de mis proezas eran X y sin embargo desde que te conocí me había convertido en un pastel hollywoodiense... Para evitar tal ignominia me quedaba el consuelo de que tan repetida situación (la de tu captura) te gustase sexualmente, porque cualquier otra excusa era para enviarte al manicomio y condenarme a la dipsomanía.
Supongo que era hora de dejar de darte la teta y por eso dejé que te la apañases sola, como cuando sólo me conocías de los periódicos y diseñabas tu estratagema. Y si tu consolador podía desintegrarte, ¡pues mira! ¿Quién era yo para decirte nada? Los sadomasoquistas también corren el riesgo de ahogarse, pero no van destrozando el mobiliario público y hundiendo el ego de supervillanos (En serio, cada vez que lo pienso me siento más culpable: lo siento, estimado enemigo).
¿Y la felicidad que sentí cuando me di la vuelta? Libertad, mientras te daba la espalda y las 'supernalgas'. (Esa palabra es tuya, ¿eh?)
Y no sé si finalmente las partículas letra griega te penetraron o te desintegraron. Me da lo mismo si el resultado fue zafiamente orgásmisco o mortal, ¡ya era hora de que te montasen tanto Isabel como Fernando! Y me da igual parecer superabyecto: te aseguro que mis poderes no pudieron evitar que el proceso de olvidarte fuese tan doloroso como el de cualquier otro mortal; pero te prometo que la capacidad de disfrutar la vida sin ti si que será una verdadera leyenda. Miau.
Recuerdo que aquel individuo profirió una retahíla victoriosa sobre su brillante idea (claro, ingeniosísima para él) de capturarte como si fueses mi punto débil, mi Furcia Lane. Y claro que otrora habría
Supongo que era hora de dejar de darte la teta y por eso dejé que te la apañases sola, como cuando sólo me conocías de los periódicos y diseñabas tu estratagema. Y si tu consolador podía desintegrarte, ¡pues mira! ¿Quién era yo para decirte nada? Los sadomasoquistas también corren el riesgo de ahogarse, pero no van destrozando el mobiliario público y hundiendo el ego de supervillanos (En serio, cada vez que lo pienso me siento más culpable: lo siento, estimado enemigo).
¿Y la felicidad que sentí cuando me di la vuelta? Libertad, mientras te daba la espalda y las 'supernalgas'. (Esa palabra es tuya, ¿eh?)
Y no sé si finalmente las partículas letra griega te penetraron o te desintegraron. Me da lo mismo si el resultado fue zafiamente orgásmisco o mortal, ¡ya era hora de que te montasen tanto Isabel como Fernando! Y me da igual parecer superabyecto: te aseguro que mis poderes no pudieron evitar que el proceso de olvidarte fuese tan doloroso como el de cualquier otro mortal; pero te prometo que la capacidad de disfrutar la vida sin ti si que será una verdadera leyenda. Miau.
Movimientos
Klaus y Kinski - Ronnie O'Sullivan,
Love of Lesbian - Miau
lunes 27 de abril de 2009
Antagonismo
Tenía la idea de empezar por el final. Decir que tenía un enemigo y admitir desde el principio que este era yo. Pero he cambiado de opinión, y es que creo que si de verdad hago todo lo posible para que las cosas no vayan mal, la culpa no puede ser mía.
Ahora mismo recuerdo cientos de ejemplos y situaciones que ahora me parecen patéticas y absurdas. Recuerdo cuando Elsa fingió ser feliz por aquel regalo tan patético, lo cual desembocó en cierta actitud que nos distanciaría todavía más hasta acabar reprochándomelo. O cuando Octavio, aquel profesor tan capullo, hundió su puto rotulador rojo entre el 4 y el 8 para joderme aquel viaje a Benidorm en el 96.
También recuerdo a todos los taxistas hijos de puta que me cobraron complemento por llevarme el aeropuerto a tu casa confundiéndome con un guiri. A la larga, dejé decenas de cafés en nuestro bar sin ser servidos por haberme quedado sin suelto.
Pero sin duda lo tuyo es lo peor, con tus estúpidas sonrisas cuando lo único que salía de mis bolsillos eran aquellas servilletas usadas. Elsa por lo menos era hipócrita, pero tú tenías que ser insoportablemente dulce y sincera cuando algo salía mal. ¡Claro que no importaba semejante metedura de pata! ¿Tenías que avergonzarme por haber fallado a un ser tan angelical de esa forma?
Me sentía mediocre cada vez que tenía una gloriosa idea de esas que harían que tarde o temprano se encontrasen nuestros labios, pero al final estos acababan consolándose por compasión. No necesitaba la utopía de tu comportamiento, joder, ¿es que nadie te enseñó nunca a dar una bofetada o a parecer estúpida para igualar el combate?
Haces parecer extraterrestres a las niñas engreídas y caprichosas que lloran cuando las cosas salen mal. ¿Ves? Tu bondad era inhumana. Y la única vez que me hiciste llorar fue cuando te dejé, empezaste a llorar, y yo me derrumbé por haber sido tan gilipollas y haberte hecho tanto daño.
Pero Elsa, el cajero de aquel supermercado, el puto policía de la Navidad de 2001 y aquel snob que me miró por encima del hombro... todos se empeñan en hacerme creer que no soy yo el idiota. Ódiales por mi, por favor.
Ahora mismo recuerdo cientos de ejemplos y situaciones que ahora me parecen patéticas y absurdas. Recuerdo cuando Elsa fingió ser feliz por aquel regalo tan patético, lo cual desembocó en cierta actitud que nos distanciaría todavía más hasta acabar reprochándomelo. O cuando Octavio, aquel profesor tan capullo, hundió su puto rotulador rojo entre el 4 y el 8 para joderme aquel viaje a Benidorm en el 96.
También recuerdo a todos los taxistas hijos de puta que me cobraron complemento por llevarme el aeropuerto a tu casa confundiéndome con un guiri. A la larga, dejé decenas de cafés en nuestro bar sin ser servidos por haberme quedado sin suelto.
Pero sin duda lo tuyo es lo peor, con tus estúpidas sonrisas cuando lo único que salía de mis bolsillos eran aquellas servilletas usadas. Elsa por lo menos era hipócrita, pero tú tenías que ser insoportablemente dulce y sincera cuando algo salía mal. ¡Claro que no importaba semejante metedura de pata! ¿Tenías que avergonzarme por haber fallado a un ser tan angelical de esa forma?
Me sentía mediocre cada vez que tenía una gloriosa idea de esas que harían que tarde o temprano se encontrasen nuestros labios, pero al final estos acababan consolándose por compasión. No necesitaba la utopía de tu comportamiento, joder, ¿es que nadie te enseñó nunca a dar una bofetada o a parecer estúpida para igualar el combate?
Haces parecer extraterrestres a las niñas engreídas y caprichosas que lloran cuando las cosas salen mal. ¿Ves? Tu bondad era inhumana. Y la única vez que me hiciste llorar fue cuando te dejé, empezaste a llorar, y yo me derrumbé por haber sido tan gilipollas y haberte hecho tanto daño.
Pero Elsa, el cajero de aquel supermercado, el puto policía de la Navidad de 2001 y aquel snob que me miró por encima del hombro... todos se empeñan en hacerme creer que no soy yo el idiota. Ódiales por mi, por favor.
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